Mirando al mundo desde Torres del Paine

La antiutopís o el fin del mundo al revés del chileno Carlos Franz
Por nuestra parte, en esta punta del hemisferio los chilenos asistimos embobados a las consecuencias: la invasión de chicos exploradores ingleses, alemanes, franceses, nórdicos variados. Ser «destino» del turismo aventura es un fenómeno comparativamente reciente para nosotros y por eso, quizá, todavía nos sorprendemos. Casi no pasa un día en el que no me tope con dos o tres jóvenes mochileros, rojizos y asombrados, orientándose en una esquina de Santiago.
No sé quiénes se observan con más curiosidad, si ellos a los nativos o nosotros a ellos. Sus enormes mochilas, sus zapatones de montaña, los imponentes sombreros y los pantalones cortos, más la infaltable botella de agua mineral, para defenderse de la venganza de Moctezuma, que por acá se llama «chilenitis». Entre la multitud santiaguina, penosamente trajeada para el trabajo, estos exploradores se pasean durante un par de días, con ese aire lunar de quien pisa lo desconocido, antes de largarse hacia nuestro lluvioso sur profundo. Vale la pena verlos y vernos, supongo. Por lo menos yo los miro sin vergüenza y cada vez que puedo converso con alguno; hay que aprovechar, seguramente la moda no va a durar para siempre.
Sin ir más lejos el otro día orienté (¿o desorienté?) a uno de ellos. Un holandés gigantesco directamente llegado de Amsterdam el día anterior, con bicicleta y todo. Le indiqué por dónde se iba al museo -precolombino, naturalmente- y aproveché para preguntarle qué lo trajo al lejano Chile, a él y a su bicicleta. De partida el joven explorador me aclaró que él no había venido a Chile, lo que me produjo un primer y saludable desconcierto metafísico, ¿dónde he vivido todo este tiempo? En seguida Maarten sacó una cámara digitalísima y mientras me enfocaba aclaró que él había venido a la Patagonia, y que pensaba pedalear hasta allá. «¿Y qué hay en la Patagonia?», le pregunté ingenuamente, evocando esas estepas infinitas que un viento ocioso arremolina. «Nada -repuso-, es decir, todo. Nada menos que el fin del mundo. Mi sueño es pedalear hasta el fin del mundo». Y me sacó una foto.
Un gran sueño, creo que llegué a balbucear, sorprendido. El intercambio cultural produce estas sorpresas saludables. El contacto entre culturas lejanas desarma prejuicios, desmiente dogmas, provoca dudas. Para empezar, este encuentro ya me estaba provocando una pregunta importante: ¿quién diablos inventó que el fin del mundo está en la Patagonia?
